Las no fronteras creativas del cómic – Una conversación con Matt Madden

  1. “Un tipo de cuadros”

 

En la viñeta hay un hombre serio: corte de pelo al ras, camisa blanca y chaqueta de paño. Los rasgos se muestran firmes por un juego de ángulos casi rectos que el dibujante hizo a propósito para construir el perfil de un personaje firme y al mismo tiempo inquieto, analítico y hasta retador. “Un tipo de cuadros”. La frase completa la viñeta al hacer simbiosis con la imagen y es entonces cuando el cómic construye sentido.

El dibujo retrata a Matt Madden. Lo hizo Henry Díaz en una historieta-memoria del Festival Entreviñetas 2011, que fue publicada en el número 97 de Robot, la gacetilla de cómics y otras vainas que salió a las calles de Medellín a principios de octubre. Madden, invitado estadounidense al festival, pasó varios días en Armenia para enseñar a pensar en el cómic como un campo que establece una clara tensión entre convenciones, estilos y técnicas, con un claro potencial de experimentación.

“Los cómics están estructurados como un lenguaje, con una gramática propia”, dice Madden mientras se apura un tinto y se resigna a que en Colombia al vino rojo se le llama de otra forma. “Se requiere de un alfabetismo visual particular para entender la composición texto-imagen”, continúa. “Esto no es siempre algo fácil, pues además de decodificar imágenes y secuencias, el lector debe pasar códigos de lo verbal a lo visual y viceversa. Si se tiene en cuenta lo complejo del lenguaje, es irónico que los cómics de hoy puedan ofrecer algunos de los mejores ejemplos de integración de imagen y texto”.

Madden nació en Nueva York en 1968, año de vanguardias, y vivió un buen tiempo en México durante los años 90. Allí empezó a acercarse a movimientos de experimentación narrativa como el francés Oulipo — Taller de literatura potencial — y en especial al Oubapo, su equivalente para los cómics. Ha Publicado dos novelas gráficas, Black Candy en 1998 y Odds Off en el 2000 y ahora hace talleres de creación experimental de cómic en la School of Visual Arts y la Universidad de Yale. Junto a su esposa, la también historietista Jessica Abel, escribió Drawing Words & Writing Pictures, un libro de texto con ejercicios de escritura y análisis, consejos y textos académicos para que creadores y lectores se acerquen a los difusos límites que establece esa relación entre palabras dibujadas e imágenes escritas. Pero tal vez el gran aporte creativo de Madden está en 99 ejercicios de estilo, un libro-experimento realizado entre 1998 y 2005 y que tituló así en honor al trabajo que el escritor francés Raymond Queneau hizo en 1947 para explorar cómo las pequeñas variaciones en la gramática influían en la narración de una historia muy simple: “Me gustó la idea de hacer algo similar para el cómic porque podría jugar con el texto, la imagen, el diseño y la gramática propia de la historieta”, dice Madden. “Aprendí que si me concentraba en los aspectos mecánicos del problema creativo, por ejemplo, de cómo adaptar el cómic modelo a un nuevo género o estilo, me encontraba con resultados que me sorprendían y me gustaban”.

Las claves para entender que experimentación no significa anarquía creativa, y que seguir las reglas y conocerlas sirve para ir más allá de los límites conocidos del lenguaje del cómic, son esenciales para Madden: “Me interesa crear y alterar trabajos al imponerme reglas arbitrarias que me obliguen a enfrentar los problemas creativos desde lo más básico. ¿Cómo puedo usar una estructura musical para contar una historia? Este tipo de actividad es como resolver un problema matemático y produce trabajos cuidadosos y estructurados. Pero también hay otras ventajas, pues al concentrarse en resolver problemas logísticos, preocupaciones narrativas como la trama, el tema o los personajes se resuelven por sí solas. Es muy emocionante amarrarse a la estructura mecánica de una obra y después darse cuenta que ahí hay, por ejemplo, una historia de amor”.

Los límites tienen un sentido creativo y por eso Madden confiesa que experimentar a partir de restricciones concretas ayuda a liberarse de esa figura que amarra al arte con la romántica y falsa musa de la inspiración. Es cuando este “Tipo de cuadros” suelta esa gran frase del artista norteamericano Chuck Close y dice riendo: “La inspiración es para principiantes, yo sólo me pongo a trabajar”.

 

  1. El potencial de la tabula rasa

 

Para Madden el cómic en Colombia tiene un potencial insospechado. Según él, no tener una tradición fuerte ni masiva en la cultura visual ni en la historieta ofrece un excelente campo para el cómic independiente. “Es increíble lo que sucede aquí con recursos tan limitados. Así no se encuentre al público masivo, la gran variedad de estilos que hay en fanzines, novelas gráficas y en autores como Joni b y Powerpaola, son un punto para resaltar”, afirma. “Esto es muy importante porque demuestra que el cómic no es una sola cosa, que es mucho más que los superhéroes; pero para que este mensaje llegue a la gente es importante que los medios masivos, los periódicos y las librerías se involucren en el movimiento”.

Es evidente el creciente éxito comercial de la novela gráfica. No sólo empiezan a crecer las traducciones y empiezan a estar disponibles en librerías, sino que se están utilizando en colegios de todo el mundo para aproximarse a temas complejos. “Sé que se están usando los cómics en las clases, especialmente libros como Maus, de Art Spiegelman; Persépolis, de Marjane Satrapi; o Fun Home de Alison Bechdel”, dice Madden. Frente a eso se abre todo un panorama de temas que son claves para legitimar a la historieta en un ámbito cultural que la ha mantenido al margen: “Un campo con mucho potencial está en el periodismo y la no-ficción”, recuerda Madden. “Personas como Joe Sacco o Emmanuel Guibert han demostrado que el cómic es una excelente herramienta para narrar historias de guerra”.

Se dice que el cómic es un medio puro, pero para Madden se define a partir de la mezcla entre lenguajes de cine, diseño, ilustración, literatura y convenciones abstractas que se han desarrollado tras una larga tradición de tiras cómicas y caricaturas políticas: “Una caricatura política no es un cómic, claro. Pero al mismo tiempo tienen un lenguaje muy relacionado”. Por eso se podría pensar el cómic como un medio integrador, más allá de su gramática. Aprovechar en Colombia la falta de prejuicios frente a la narración gráfica debido a una casi nula tradición, podría servir para hacer de ella un espacio capaz de establecer diálogos entre varios ámbitos de la cultura.

“Creo que hay un gran avance en el trabajo que se está haciendo en un medio que no está amarrado a los temas coyunturales de todos los días”, dice Madden refiriéndose al cómic. “Pero al mismo tiempo desearía que los cómics estuvieran más comprometidos con el mundo de ideas y la cultura que los rodea”. ¿Recrear sabores en imagen? ¿Seguir la estructura musical de un vallenato para contar un acontecimiento cotidiano de la ciudad? ¿Hacer narración gráfica de no-ficción?

Hay algunos ejemplos, como los Automaticomics hechos por Pablo Guerra y Miguel Bustos a partir de fotografías de distintos lugares de Bogotá. También el reciente libro Los hijos de la roca (Rey Naranjo, 2011), donde los dibujantes Bustos y José Rosero hicieron el ejercicio de interpretar gráficamente algunas crónicas acerca de montañistas locales.  El reto real, para Rosero, consistió en usar el potencial sensible de la ilustración, además de la capacidad del dibujo para lograr íconos y contar algo con la imagen, así no fuera una estricta narración secuencial. Poner a conversar el lenguaje propio de la ilustración con el del cómic.

“Estamos en un mundo de mezclas”, decía Rosero para referirse a las nuevas tendencias del trabajo creativo, que gracias a las posibilidades de internet se dan cada vez más bajo  las lógicas del mashup, una apuesta por la mezcla de estilos e influencias. Bajo esa premisa no estaría de más pensar que estos experimentos pueden ser claves para hacer del cómic un puente, un catalizador del diálogo cultural.